Skip to main content

P. Antonio Ocaña, S.J., «padre Chicho», reflexiona hoy en su caminar por Centroamérica a 50 años de su ordenación sacerdotal. Hace un repaso por la vocación, el trabajo en misión, la vida en comunidad, los retos de la región y la vida misma a la luz de este medio siglo en ministerio.

 

En el medio siglo de vida sacerdotal de P. Antonio Ocaña, S.J., mejor conocido como padre Chicho, caben un sinfín de historias de parroquias, comunidades, medios de comunicación, colegios, trabajo administrativo, universidades y vida propia de la vocación jesuita. Cabe, también, un profundo sentido de pertenencia, de genuino cariño, por el territorio y por las comunidades. Un sentido que nace a partir del caminar y del sentir con la gente de un istmo particular, convulso y rico en diversidad que recibió por primera vez a aquel joven jesuita vallisoletano en 1970: Centroamérica.

En 1957, con 10 años, ingresa a un colegio de la Compañía de Jesús en Valladolid. En ese entonces, explica, la presencia de los jesuitas entre los estudiantes era más marcada, más evidente. Y, a pesar de esto, P. Chicho señala que no fue el contacto constante con los jesuitas lo que influyó en su vocación, sino lo que él llama un «ambiente de piedad» que empapaba la atmósfera en la que vivía. Así, después de escuchar los testimonios de misioneros destinados a Alaska o a India, experimentó un profundo deseo e interés por esta vida.

En un principio, la vocación se le antojaba «abstracta»: «yo lo que experimentaba era un deseo grande, muy grande de servicio. Pero era algo muy abstracto, muy etéreo, no sabía cómo hacer efectivo mi deseo de servicio», cuenta. Terminó el bachillerato y, con 17 años, fue admitido a la Compañía de Jesús. Remarca la edad, 17 años, y reconoce que no siempre se entra siendo «maduro». Reconoce, también, que no lograba conciliar del todo con algunas de las percepciones religiosas imperantes en su contexto y de las «crisis» propias de las decisiones de juventud.

En medio de todo esto, vio partir de la Compañía a algunos de sus compañeros que ingresaron con él. «Yo, sin saber muy bien por qué, me quedé», dice, entre risas. Con el deseo, todavía abstracto, del servicio bien impregnado en el alma, llegó por primera vez a Centroamérica: luego de seis años de Noviciado, Juniorado y estudios de Filosofía en su natal España, en 1970 hizo su magisterio en Coyoles y El Progreso, en Honduras, con 23 años.

La Centroamérica que lo recibió era distinta, en muchos aspectos, a la Centroamérica de ahora: la mayoría de países estaban bajo dictaduras militares o en medio de conflictos armados cuyas consecuencias más viscerales permeaban a las comunidades más desfavorecidas de cada región. Había violencia en todas las direcciones posibles. Y así, explica, surgió un segundo momento, como lo llama él, en su vocación: uno más marcado por la conciencia social, que partió desde la gente, y que centró, desde entonces y hasta ahora, a la gente. Y que nació allá, en Honduras, a 100 metros de las olas del Atlántico.

Con la gente fui feliz

El magisterio concluyó, y en el 72 marchó a México para los estudios de Teología. En el 76, con un año ya como sacerdote, volvería a tierras centroamericanas en un brevísimo paso por El Salvador que le bastó para conocer al beato Rutilio Grande, que sería asesinado el 12 de marzo de 1977 junto a dos compañeros en el contexto de violencia y represión de la incipiente guerra civil salvadoreña. Con este clima, generalizado de alguna forma en el resto de la región, volvería a Honduras como párroco en Sonaguera, Colón, en 1976. Cuatro años después, en 1980, junto a P. José María Tojeira, S.J., y P. Jesús Sariego, S.J., formarían el Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC), que, hasta hoy, 45 años después, continúa siendo un referente para la sociedad hondureña en acción social desde diversas aristas.

Lea más: Así recuerdan al ERIC los jesuitas que lo iniciaron.

 

En el 81 profesaría sus últimos votos en El Progreso y, dos años después, en el 83, se movilizaría como párroco a Sangrelaya, un pueblo costero en el Atlántico hondureño. Estos dos años con la comunidad garífuna, mayoría en el territorio, fueron para él los más memorables de su misión: «En aquellos ratos, lo único que tenías era la gente», recuerda. Y es que las condiciones de pobreza de la zona en ese entonces estaban más acentuadas. P. Chicho relata que en aquellos días, cuando vivió a metros de las olas, separado del poblado más cercano por una amplia extensión de selva atlántica, tuvo la oportunidad de sentirse uno más con la naturaleza: «no como un ser superior, si no como la canción venezolana», dice, parafraseando a «Alma Llanera» de Simón Díaz: «Soy hermano de la espuma, de las garzas, de las rosas.  Y del sol, y del sol».

Aquellos dos años entre las personas garífunas, días de encender teas para quemar cocos con la finalidad de espantar mosquitos a las 6 de la tarde, cuando todos se reunían para hablar mientras esperaban la hora de dormir, P. Chicho comprendió, dice, el valor de la comunidad entendida como un conjunto que une a la gente y a la naturaleza. «Esa época fue muy definitiva en mi vida porque me cambió muchas cosas. Aparte de que viví feliz: con la gente», cuenta. Estos días le cambiaron «el chip» por uno nuevo, uno que le acompañaría por el resto de su tiempo en misión.

A Sangrelaya le siguió un destino diferente en todo el sentido de la palabra: en 1985, comenzó su misión como director de Radio Progreso, obra de la Compañía referente, también, del ejercicio periodístico y de organización comunitaria en Honduras. Y aunque fuera director de la Radio, nunca fue muy amigo de las entrevistas. No encuentra nunca qué decir, explica. Prefiere que el trabajo hable. Y al ya hecho entre las comunidades, se le sumó el de la radio, el de Yoro y el del Instituto Técnico Loyola, donde también colaboró hasta el 94. Luego de una pausa de un año, llegó a Managua, Nicaragua, en donde serviría desde el acompañamiento a la educación en la Universidad Centroamericana y en el Instituto Loyola, hasta el 2000. Con la llegada del nuevo siglo, P. Chicho cumplía 36 años en Compañía y un cuarto de siglo como sacerdote.

Sentido para una vida

«Yo hablo mucho de Honduras», dice. Y es que en este país centroamericano habitó más de 30 años. Dice que se naturalizó hondureño «por solidaridad», por la inmersión. El año 2000 le trajo otra década en el país: hasta 2010 fue párroco en Victoria, antes de regresar a El Salvador para quedarse, esta vez, por más tiempo. Entre 2010 y 2016 sirvió a la Provincia Centroamericana como Socio y como Ecónomo para luego regresar a Yoro como párroco hasta 2018. Después de un año en el Colegio Externado de San José, en El Salvador, en 2020, serviría como párroco otra vez en dos locaciones distintas: Tocoa, en Honduras, y Arcatao, en El Salvador. Es aquí, en este último país, donde actualmente reside. Desde donde reflexiona en estos 50 años de camino en el ministerio.

En cinco décadas, P. Chicho ha visto cambiar a la Centroamérica que le recibió por primera vez en octubre de 1970. Vio guerras en El Salvador, en Honduras y en Nicaragua. Vio las escaladas de violencia social que azotan, hasta hoy, en distintas magnitudes y contrastes. Vio la miseria y la resistencia, desde la comunidad, de los pueblos que sigue llevando siempre donde camina. Y, sin embargo, se quedó. Retoma el «sin saber muy bien por qué» de sus primeros años en la Compañía para agregarle, no como respuesta definitiva, sino, más bien, como complemento, que desde aquí todavía puede ayudar: «acompañar a gente y a convencer a gente de que hay otra forma de felicidad», dice.

Vio, también, la ordenación sacerdotal de su sobrino, Rodrigo Sanz Ocaña, también jesuita. Un fenómeno insólito para los tiempos que corren, dice, entre risas. Enfatiza en que él no tuvo nada que ver en su vocación: «Yo no lo animé, él se animó solo«, señala. «Yo no he animado a nadie», explica. Y después, entre risas, agrega: «pero tampoco he desanimado a nadie». A un joven inquieto en la vocación, interesado en la Compañía, P. Chicho le diría que sea sincero con su propio corazón y con sus opciones, consciente de que el jesuita «no gana, no es relevante, no va por el poder». Que no se desanime con la primera dificultad. Y, sobre todo, que discierna. Que discierna en esta vocación que a él le enseñó que lo importante es estar con los de abajo, con los pequeños, con los débiles. Porque eso, dice, «le da sentido a una vida». Una vida que, asegura, él volvería a elegir.

 

*Foto de cabecera: cortesía InfoSJ, información de la Compañía de Jesús en España