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Durante los meses de enero y febrero tuve la oportunidad de colaborar en el albergue Decanal Guadalupano para migrantes centroamericanos ubicado en Tierra Blanca, Estado de Veracruz, México. Está llevado por un grupo de religiosas de san José de Lyon, muchachos del Servicio Jesuita para Jóvenes Voluntarios, voluntarios del lugar y apoyado por el Servicio Jesuita para Migrantes.

Fueron muchas las experiencias que durante esos dos meses viví, cargadas de sentimientos diversos, al enfrentarme por primera vez a una realidad que sólo conocía de oídas. De hecho fue el mucho escuchar sobre el fenómeno migratorio y las diferentes iniciativas que ante esta realidad van surgiendo lo que me llevaron a querer conocer, de primera mano, lo que nuestros compatriotas centroamericanos viven en su trayecto hacia su “sueño americano”.

Más de cuatro mil migrantes pasaron por el albergue, en su mayoría hondureños, en los meses que estuve. Según las estadísticas de los años anteriores son los meses en que menos pasan, ya que están cerca las fiestas, y el frío en la parte norte de México es muy fuerte. 

La ruta que los migrantes centroamericanos hacen hacia los Estados Unidos, atravesando México, es considerada como la más peligrosa. Son muchos los que a lo largo del camino son asaltados varias veces, secuestrados, extorsionados e incluso asesinados, por diversos grupos delincuenciales, narcotraficantes e incluso las mismas autoridades policiales y de migración. 

Los sentimientos que me surgieron durante mi estadía fueron variando a medida que escuchaba las historias que cada uno de los migrantes compartían. Sin embargo, un sentimiento muy frecuente ante sus historias era la frustración e impotencia, porque en realidad no era mucho lo que podía hacer por ellos ante la tremenda necesidad que llevaban. Y también al constatar que, efectivamente, en nuestros países, debido a las estructuras tan injustas, la falta de oportunidades, el aumento de la violencia, etc. las personas se ven obligadas a salir y aventurarse a lo que, según ellos, les dará un futuro mejor.

Este sentimiento nos lo cambiaban los mismos migrantes, cuando llenos de esperanza decían frases como “quiero un futuro mejor para mis hijos”, “quiero salir de la pobreza en la que he vivido”, “busco ayudar a mi familia”. Esto lo podíamos notar quienes trabajamos en el albergue, cuando después de un rato de descanso, una ducha y el estómago lleno, veíamos partir a los “muchachos y muchachas en bajo porcentaje”, con una sonrisa y con la esperanza firme que alcanzarán su sueño.

También se despertó en mí un sentido profundo de pertenencia, seguramente porque a partir de la segunda semana de la experiencia era el único centroamericano en el albergue (la primera semana estuve acompañado de Martín García, compañero jesuita guatemalteco que ahora está estudiando teología en Chile y quien también visitó el albergue). Pero lo que más me impactó fue encontrarme con un compatriota guatemalteco que no solo vivía en la misma colonia donde crecí, sino que estudiamos en la misma escuela y de niños compartimos, lugares y tuvimos conocidos comunes. 

Fue igualmente fuerte ver a las mujeres correr y subirse al tren, pero más impactante aun fue escuchar sus historias, los abusos físicos que habían sufrido, y que podían seguir sufriendo a lo largo del camino. De esos abusos habían sido conscientes desde el principio de su viaje, pero para ellas era el precio que debían pagar por llegar a los Estados Unidos. Muchas de ellas, madres solteras, contaban que habían dejado a sus hijos con sus familias, con la esperanza de que el sacrificio que realizaban fuese para que pudieran vivir mejor, tener acceso a la educación, etc. Otras también realizaban la ruta con varios meses de embarazo, con el deseo de llegar a la frontera norte de México, antes de dar a luz, para que su hijo fuera registrado en Estados Unidos y así tener “nacionalidad norteamericana”. 

Me tocó ver a varios niños, algunos acompañados de sus padres o de otro familiar, quienes iban realmente impactados por el tren, pues nunca habían visto una máquina de esas dimensiones. Varios de ellos llevaban verdadero miedo de tener que volver a subirse, y saltar para bajarse mientras “la bestia” estaba en movimiento. Uno de ellos, guatemalteco de 12 años, momentos antes de intentar abordar el tren, entró en pánico con un fuerte dolor en la espalda, y se negó a subir. Esa noche su tío y él se quedaron en el albergue esperando que el niño se recuperara del susto.

Escuchar las historias de los que han estados secuestrados, los que han sido golpeados, asaltados, abusados sexualmente, es realmente doloroso. Varios de ellos al llegar al albergue decidían no continuar con el camino y entregarse a migración para ser deportados. En ellos se podía percibir el sentimiento de fracaso y de frustración que experimentaban, pero también el anhelo profundo del reencuentro con sus familias.

Entre los migrantes pude percibir una fe profunda. Para ellos Dios es su única seguridad y compañía. Lo encontraban en todo lo bueno que hallaban en el camino; en la gente que les tendía la mano, en los albergues, en los que compartían con ellos un “taquito”. Y nosotros, que colaboramos en el albergue, encontramos a Dios en ellos, en su sufrimiento, en sus historias. Y es que seguramente son ellos los crucificados de nuestro tiempo, los expulsados de sus tierras, en quienes Cristo crucificado se sigue haciendo presente y nos sigue interpelando.

Aunque su esperanza por una vida mejor es grande en su rostro se refleja la crueldad de la realidad en la que se encuentran, la nostalgia por su tierra, por su familia y la pérdida de la identidad. Ya en su paso por México, tienen que fingir el acento, muchos de ellos van practicando ingles para su ingreso a Estados Unidos, deben asumir otras costumbres, otra forma de vida. 

¿Qué estamos haciendo ante esta realidad? ¿Qué podemos hacer ante esta realidad? Son preguntas que resonaban en mi interior durante todo este tiempo, y ahora, al volver a Centroamérica, siguen resonando. Continuamente vuelven a mi memoria los rostros de mujeres, niños y hombres que diariamente pasaban por el albergue. Pienso en los muchos que continúan pasando, los que van saliendo de nuestros países, buscando un sueño, que para muchos se convierte en pesadilla. 

¿Y los que se quedan? También ellos sufren el tormento de no saber lo que pasa con sus seres queridos, familias incompletas, madres que asumen un doble rol en sus familias, hijos que no crecen con sus padres, desintegración familiar ante ellos también valen las preguntas.

Las palabras de Jesús en Mateo 25, 38: “fui forastero y me acogiste”, han estado presentes no como satisfacción por el trabajo hecho, sino como un compromiso. No hace falta ir muy lejos ni buscar mucho para encontrar a Jesús presente entre nosotros. Sigue estando en los forasteros de nuestros países que continúan saliendo para alcanzar la vida digna que las estructuras injustas les niega.

Carlos López, sj

Tomado de: Carta a las Iglesia, UCA, El Salvador.

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