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Un día como hoy, 27 de septiembre, pero de 1540 el Papa Paulo III aprobaba la Compañía de Jesús. Casi quinientos años después, P. Juan Gaitán, S.J., nos invita a revivir esta historia de siglos a la luz del documento fundacional de la Compañía, Regimini militantis Ecclesiae, para recordar qué es ser Compañeros de Jesús en el mundo de hoy. ¡Contemplemos juntos y juntas al Señor en cada misión encomendada, amando y sirviendo al Señor que nos sale al encuentro!

Por P. Juan Gaitán, S.J.

Hace casi quinientos años, en el año de 1540, un grupo de amigos fueron testigos de cuánto bien puede hacer el Señor con quienes se dejan en sus manos. De la inquietud de las aulas, las conversaciones espirituales, las luchas personales y los deseos de ir a Tierra Santa para vivir como Jesús, encontrarían fortaleza para luego tomar otros derroteros que los conduciría por un camino de entrega total.

Aunque las circunstancias no eran las adecuadas para el viaje al Jerusalén, no se dieron por vencidos, reconocieron ante el Señor que no era el punto final de los deseos. Decidieron presentarse ante el Papa Paulo III para ponerse a sus órdenes, para dónde les enviase a anunciar al Señor. Sin mucha claridad de lo que era el grupo, y luego de ordenamientos canónicos, nace el documento fundacional de la naciente orden religiosa -la cual se distinguirá con el nombre de Compañía de Jesús-. Regimini militantis Ecclesiae -Al gobierno de la iglesia militante- será el documento ruta por donde este grupo de amigos en el Señor navegará (sí, en presente, porque lo seguimos haciendo por pura gracia divina) al servicio del Rey Eternal.

La identidad del compañero de Jesús (jesuita) quedará marcada por este documento, sabiéndose en manos de su Señor que le llama a entregar la vida por el Reino. Así pues, las misiones que se asuman, así como la estructura organizativa de la Orden Religiosa, se inspirará en dicho documento. De manera muy especial, quedarán ligados obedientemente al Romano Pontífice bajo voto, convirtiéndose en caballería ligera, siempre presta y dispuesta para colaborar con la mayor gloria de Dios.

Un grupo de hombres ilustrados, disponibles y misioneros, se entregaron a la misión del Reino en la Iglesia, militando bajo el estandarte de la cruz; viendo al crucificado se reconocerían de ahora en adelante. Imitando a Cristo en las acciones cotidianas descubrirían que sus deseos primeros se concretaban sirviendo y amando a los demás. No pasó desapercibida su labor, sumándose numerosos miembros a la orden, quienes al igual que el futuro San Ignacio de Loyola, encontrarían la sabia espiritual en los Ejercicios Espirituales.

La defensa de la fe en las misiones, los nacientes colegios, apostolado entre los iletrados y rudos, la vida sacramental, la predicación, así como el servicio a los enfermos y pobres, fueron unas de las tantas concreciones de sus deseos. El mayor servicio divino entre las ánimas los llevaría a tierras nunca evangelizadas, así como a las universidades de renombre de la época, siempre entregando todo su ser en la búsqueda de la mayor gloria divina.

¿Cómo seguimos hoy? Con gratitud celebramos con alegría este día, ante todo por tanto bien recibido, como menciona nuestro Padre Ignacio en los Ejercicios Espirituales. La colaboración en la misión del Señor que como cuerpo apostólico acogemos en la actualidad, no sigue estando exenta de dificultades diversas, pero es que no nos puede ir de modo diferente a como le fue a quien seguimos y por quien entregamos nuestra vida a cada instante. Viendo al crucificado encontramos nuestra razón de ser; el Señor sigue padeciendo en medio de tantas realidades desafiantes de nuestra historia.

Ser compañeros de Jesús hoy conlleva dar la vida desde las distintas misiones que se nos confían, colaborando como cuerpo para la misión. A como se nos señala en las Preferencias Apostólicas Universales, profundamente enamorados del Señor mostramos el camino hacia Él por medio de nuestra riqueza espiritual contenida en los Ejercicios Espirituales; caminamos junto a los excluidos, en la búsqueda de la justicia evangélica que lleve a transformar realidades de pecado;  acompañamos a los jóvenes, junto a quienes buscamos un futuro unido a Jesucristo, lleno de esperanza y fe; así como el cuido y respeto de la casa común, espacio vital desde donde reconocemos la acción creadora de Dios y la responsabilidad de hacernos cargos de los dones materiales que se nos han confiado.

Que este aniversario de fundación número CDLXXXVI sea un tiempo de alegría y gratitud, a su vez, sea compromiso para seguir siendo hijos de Dios, bajo el estandarte de la cruz por el Reino. Insertos en el mundo contemplemos al Señor en cada misión encomendada, amando y sirviendo al Señor que nos sale al encuentro.

¡Compañía de Jesús corre a la lid, a la lid!