Este mes, Fe y Alegría El Salvador celebró 57 años de fundación, presencia y acompañamiento a comunidades desde la educación de calidad que transforma y dignifica vidas. Las y los colaboradores de la obra se reunieron para celebrar una Eucaristía de agradecimiento. Hoy, compartimos la homilía de P. Carlos López, S.J., presidente de la Junta Directiva y representante legal de la organización, que celebró este espacio de memoria, encuentro y gratitud.
Fe y Alegría El Salvador nació un 16 de octubre de 1969 como materialización del sueño de P. Joaquín López y López, S.J., fundador, que creía en la educación popular de calidad como transformación de la sociedad. Este 2026, Fe y Alegría El Salvador llegó a 57 años de servicio acompañando a comunidades desde la formación firmes en los compromisos que les orientan desde su nacimiento.
La comunidad de Fe y Alegría El Salvador se reunió para celebrar una misa en agradecimiento por estas décadas de servicio. Hoy, compartimos la homilía de P. Carlos López, S.J., presidente de la junta directiva y representante legal de la organización, que celebró este espacio de memoria, encuentro y gratitud.
Estamos aquí reunidos para dar gracias, que no se limita a decir “qué bonito lo que hemos hecho”. Dar gracias significa reconocer que todo lo bueno que ha ocurrido en estos 57 años ha sido, antes que obra nuestra, obra de Dios, que se ha servido de manos humanas: manos frágiles, a veces cansadas, pero disponibles. La Eucaristía, es acción de gracias por eso para celebrar este aniversario lo hacemos alrededor de la mesa del Señor.
El Evangelio que acabamos de escuchar parece escogido a propósito para este día y para el trabajo que realiza Fe y Alegría. Jesús está enseñando un sábado en la sinagoga y ahí, entre la gente, hay una mujer que lleva dieciocho años encorvada. Dieciocho años sin poder enderezarse, dieciocho años mirando al suelo; no podía ver el rostro de los demás, no podía mirar al cielo, no podía levantar la vista hacia el horizonte.
Pongamos atención a lo que hace Jesús en el relato: primero, la ve. Lucas lo dice con sencillez, “al verla, Jesús la llamó”; ella no pidió nada. Estaba en un rincón, acostumbrada quizá a ser invisible, pero Jesús la ve. Después, la llama al centro y le dirige una palabra: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impone las manos y ella, inmediatamente, se endereza y comienza a glorificar a Dios.
Ver, llamar, hablar, tocar, levantar, son lo verbos que identifican la acción de Jesús con aquella mujer. Podemos decir que eso es lo que Fe y Alegría ha intentado hacer durante 57 años.
Pensemos en cuántas personas en nuestro país viven encorvadas. No solamente por una enfermedad del cuerpo, también por el peso de la pobreza, de la exclusión, de la violencia en sus diferentes formas, de la falta de oportunidades, etc… Niños y niñas que crecen creyendo que su destino ya está escrito, jóvenes a quienes se les ha dicho, de mil maneras, que no valen, que no pueden, que no les toca, familias que llevan generaciones mirando al suelo porque nadie les ha mostrado otro horizonte.
La educación popular que procura llevar a cabo Fe y Alegría consiste en ayudar a que las personas se enderecen. Se trata de que el niño levante la cabeza y descubra que tiene dignidad, capacidades y voz. Es que la joven pueda mirar de frente a los demás y contruir su propio futuro. De hecho, una buena maestra, un buen educador, el trabajo que relizamos en nuestros proyectos, hacen lo que hizo Jesús: ve a quien nadie ve, lo llama por su nombre, le dirige una palabra que libera, lo acompaña con cercanía y lo pone de pie.
La mujer del evangelio, al enderezarse, glorifica a Dios. Podríamos decir que nuestro trabajo es para la Gloria de Dios. Cuando una persona recupera su dignidad, Dios es alabado. Tal y como lo dijo san Oscar Romero: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. Cada estudiante que sale adelante, cada comunidad que se organiza, cada familia que recupera la esperanza es una alabanza a Dios. Por eso nuestra misión como institución es también un acto de fe.
Pero el Evangelio no termina con la alegría de la mujer. Aparece el jefe de la sinagoga, indignado: “Hay seis días para trabajar; vengan esos días a curarse, y no en sábado”. Es decir: “Esto no se hace así, hay reglas, hay horarios, no es el momento”.
Esas voces también existen hoy. Son las voces que quieren acallar las de los pobres, que les dicen que pueden esperar, que primero hay que ordenar otras cosas. O, como sucede en nuestro país, que la educación de calidad es para quien puede pagarla, que siempre ha sido así y así seguirá. Es la voz que se acostumbra a ver gente encorvada, a mantenerla encorbada y ya no se indigna.
Jesús responde con fuerza: “¡Hipócritas! ¿No desata cualquiera de ustedes su buey o su burro del pesebre para llevarlo a beber, aunque sea sábado? Y a esta hija de Abraham, que Satanás tenía atada desde hace dieciocho años, ¿no había que desatarla en sábado?”. Jesús le devuelve a esta mujer su nombre más hondo: hija de Abraham. Heredera de la promesa. Alguien que pertenece, que cuenta, que tiene un lugar ante Dios y ante la comunidad.
Una sociedad más justa y humana empieza justamente ahí: cuando reconocemos que nadie es descartable, que la dignidad de una persona está por encima de cualquier costumbre, comodidad o cálculo. Fe y Alegría nació para ser esa respuesta incómoda, para liberar a quienes esas otras voces, las voces del mal, oprimen.
El Padre Joaquín López y López entendió que esta palabra de Jesús tenía que hacerse realidad en El Salvador. Con fe y alegría, comenzó a abrir escuelas y centros buscando personas a quienes levantar.
Fe y Alegría ha sido un árbol que el Padre Joaquín plantó junto a las aguas del Evangelio y que, a pesar de las crisis y dificultades, sigue dando fruto. Pero un árbol vive mientras sus raíces siguen bebiendo agua de la verdadera fuente. Esa fuente es para nosotros Jesús y su Evangelio. Si nos alejamos de esa fuente, nos convertimos en una institución más. Si permanecemos en ella, seguiremos siendo un movimiento de esperanza.
Damos gracias por el pasado y pidamos al Señor que nos haga perseverantes en el presente y valientes y esperanzados para el futuro. Que nuestra fe nos mueva, y que nuestra alegría sea reflejo del evangelio, esa que surge de ver al otro y la otra levantarse. Que cada uno de nosotros, desde su lugar: en el aula, en la oficina, en el campo, en la comunidad, pueda ser como Jesús en aquella sinagoga: que se atreve a romper la costumbre de la indiferencia para que otro pueda enderezarse y glorificar a Dios.
Amén
