¿Puedo ser Jesuita?
¿Puedo ser jesuita? ¿Quiéres ser jesuita?
La decisión de admitir a una persona a la Compañía de Jesús es el resultado de un cuidadoso proceso de discernimiento. "Discernir" es aprender a elegir lo que debe hacerse.
"Discernimiento espiritual" es un conocimiento valorativo y un juicio prudencial -distinto y anterior a la opción y a la decisión- sobre las resonancias afectivas y religiosas que produce el conocimiento de la voluntad de Dios.
No se hace discernimiento sobre la voluntad de Dios, sino sobre el eco que ésta tiene en la persona.
Y para eso es necesario pesar razones, escucharse a uno mismo y a los demás, escuchar a Dios en la oración, analizar, reflexionar. Cuanto más difícil sea el proyecto que uno quiere realizar, mayor seguridad hay que tener sobre la posibilidad de realizarlo.
Muchos jóvenes inquietos se preguntan: "¿Cómo puedo yo saber si tengo vocación?". Y no es fácil dar una respuesta rápida, sencilla, y que le sirva a todo el mundo. Por varias razones:
1. La vocación, como la fe, la amistad y el amor, es asunto de generosidad y de riesgo. Amar es arriesgarse, es confiar la propia persona en manos de otra persona. La amistad y el amor no exigen garantías previas ni seguridades absolutas. El que ama no dice: "Seré tu amigo o te querré cuando esté absolutamente seguro de ti". La seguridad en otra persona viene después de la entrega, no antes.
2. La vocación es iniciativa de Dios, no nuestra. Nadie se levanta un día y dice: "Yo voy a ser jesuita". Tenemos que esperar la invitación y saber reconocerla cuando se dirija a nosotros.
Dios es tan respetuoso en su invitación que su tono no es el de una orden tajante o el de una exigencia inaplazable. Es más bien el tono de un encuentro casual, de una insi-nuación, de una suave brisa, que no violenta ni fuerza la libertad de la persona. "Si quieres…"
Lo primero que tiene que hacer una persona para descubrir si Dios le llama al estado de Vida Religiosa o no, es ponerse en actitud de verdadera apertura y disponibilidad a lo que Dios quiera. No se puede discernir la voluntad de Dios si, de antemano, la persona ya ha decidido lo que quiere; o si está paralizada por el temor o por el rechazo a las exigencias que puedan derivarse. Supuesta esta actitud fundamental de disponibilidad. lo que sigue son algunas
orientaciones para reconocer la llamada de Dios al estado de Vida Religiosa en la Compañía de Jesús.
El discernimiento de la llamada a la Compañía de Jesús deberá tener en cuenta los cuatro aspectos. o mediaciones de la llamada.
Sobre los que se funda nuestra vocación:
I. La experiencia de Dios que llama.
II. Las cualidades humanas necesarias.
III. Las "llamadas" de la realidad: necesidades objetivas del mundo en que vivimos.
IV. La aceptación por parte de la Compañía de Jesús.
I. La experiencia de Dios que llama
Es una dimensión fundamental de toda vocación. Sin ella, pueden darse las cualidades humanas más deslumbrantes en una persona, y no tener vocación religiosa.
¿Cómo experimenta una persona la llamada de Dios?
Al tratar de explicar en qué consiste esa experiencia de Dios, es más fácil empezar diciendo lo que no es:
1. No es el resultado de una deducción lógica o de una demostración matemática,
2. No es la ausencia de inclinación o atracción al matrimonio,
3. No es un puro sentimiento.
4. No es una idea que se tiene.
Experimentar a Dios que llama es ser capaz de "oír" el "lenguaje" con el que Dios se dirige a lo más profundo de mi persona. ¿En qué consiste ese lenguaje de Dios? Tendrá que ser un lenguaje muy humano, para que yo pueda entenderlo. Ordinariamente Dios va a "hablar" a través de:
1. Mis aspiraciones y deseos más profundos, más míos
2. Mis sentimientos. Mis experiencias positivas y negativas de la vida, de sus oportunidades y de sus retos.
Es importante evitar ideas fantásticas o espectaculares de cómo Dios tiene que hablamos. Hay personas que esperan que Dios les comunique la vocación a la vida religiosa a través de visiones. apariciones, etc.
Otras piensan que la persona llamada a la vida religiosa tiene que haber sido un poco "rara" desde pequeña: que no le gustaba jugar. ni tratar con muchachas, ni divertirse…
Cada persona "oye" a su manera el lenguaje de Dios:
Para algunos puede ser un momento específico de iluminación profunda, de una seguridad interior inquebrantable. Una experiencia semejante a la de San Pablo en el camino de Damasco, que no deja otra alternativa que rendirse: "Señor, ¿qué quieres que haga?".
Para otros puede ser la acumulación de muchas pequeñas luces a lo largo del camino. A través de encuentros, convivencias, experiencias de trabajo, participación en grupos culturales o comunidades cristianas, momentos de oración, lecturas orientadoras. etc. Van apareciendo las "constantes" de la llamada de Dios.
Aunque no es muy frecuente. algunos experimentan el lenguaje de Dios y su llamada como un "aterrizar suave" en la seguridad de la vocación. Una especie, de evidencia creciente que se impone. Dios llama y el joven acepta en un ambiente de paz y serenidad imperturbables.
Quizá para la mayoría, la paz de la aceptación de la llamada de Dios no viene sino después de muchos conflictos, de mucha lucha interna y externa, de mucha oscuridad, de muchos altibajos.
II. Las cualidades humanas necesarias
Qué cualidades se requieren para ser jesuita? En primer lugar, ser una persona normal: capaz de amar, de reír y de llorar, de arriesgarse y de sentir el miedo del riesgo. Más concretamente el jesuita debe ser un hombre:
enamorado de Jesús, de fe profunda y suficientemente formada, capaz de un compromiso serio con la realidad, con suficiente madurez afectiva y social: capaz de establecer relaciones profundas de amistad, capaz de tolerar frustraciones, de respetar la complejidad de la vida y de las personas, capaz de trabajar en colaboración con otros, de una capacidad intelectual suficiente para desempeñar la difícil misión de la Compañía y para asimilar la larga preparación que esa misión exige.
En contra de lo que muchos piensan, para ser jesuita no hace falta ser un "genio" ni un superdotado. Pero sí se requiere que la persona sea capaz de comprender la vida en profundidad, sin ingenuas simplificaciones, de corazón grande, que no se contente con hacer "cosas buenas" sino que piense siempre en dar lo mejor, en responder a la mayor necesidad del momento, en buscar "lo que más conduce al fin para el . que somos creados" (Meditación del Principio y Fundamento, de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio).
Esta dimensión del mayor servicio, del querer estar "en las encrucijadas", no responde a ningún delirio de grandeza por parte de los jesuitas, sino al carisma de San Ignacio que quiso una Compañía de Jesús ágil, dispuesta, y bien formada para las misiones más difíciles y exigentes. Es evidente que este carisma de la Compañía exige que los que quieran entrar en ella sean algo más que "buenagente". Requiere del jesuita bondad y cualidades humanas en un grado tal que le permitan vivir la complejidad de esta vocación.
“Estos son los jesuitas que necesita hoy el mundo y la Iglesia. Hombres impulsados por el amor de Cristo, que sirvan a sus hermanos sin distinción de razas o clases. Hombres que sepan identificarse con los que sufren, vivir con ellos, hasta dar la vida en su ayuda. Hombres valientes que sepan defender de modo evangélico los derechos humanos, hasta el sacrificio de la vida, si fuere necesario (Jn.15, 13).
Si seguimos a Cristo, la persecución nos ha de venir, como lo estamos experimentando en tantas naciones cuando queremos servir la fe y promover la justicia. No le confesaremos todos con la inmolación cruenta de nuestra vida; pero sí con la donación de ella sin reservas. Lo importante, lo nuestro, es confesarle siempre ante los hombres. Como dije a la Congregación General en diciembre de 1974: "lo que importa es que de nuestra parte nos decidamos de veras a seguir a Cristo, aunque no podamos conocer los sacrificios que de seguro nos exigirá ese seguimiento”. Pedro Arrupe, sj.
III. Las “llamadas” de la realidad
Dios no llama a una persona como precio o regalo por lo buena que ha sido o las cualidades que posee. La vocación no es una manera de glorificar a la persona, sino un regalo que Dios hace a la iglesia y a la humanidad. Es una respuesta que Dios quiere dar -respetando la libertad del que es llamado- a las necesidades más urgentes del mundo y de la Iglesia. Las necesidades objetivas del mundo y de la Iglesia en que nos ha tocado vivir son, por lo tanto, "mediaciones" de la llamada de Dios.
De acuerdo a nuestra fe cristiana, toda realidad humana puede ser portadora de lo divino, puesto que el Señor para salvamos "puso su tienda entre nosotros". Así, la vocación cristiana de servicio hunde su raíz en la llamada del Señor que "se abajó" a la realidad de los pueblos para hacemos a todos sujetos de su oferta liberadora.
Como todo cristiano, el jesuita es llamado para ser sembrador de la semilla del Reino en las diversas realidades de la sociedad. Pero es invitado a hacerlo en comunidad y conforme al carisma ignaciano. En la Provincia Centroamericana, los jóvenes llamados a ser jesuitas reciben ese don en una Centroamérica que tras un largo y penoso período de conflictos bélicos y que afectó de diversas maneras a cada uno de sus países, no acaba de encontrar un camino que asegure en el siglo nuevo una Suerte Nueva para los pobres.
El joven llamado a ser jesuita en la Provincia Centroamericana, recibe del Señor el don de vivir su vocación siendo testigo de la verdad y de la esperanza en nuestros países con modelos de vida que ahondan la opulencia de pocos y la miseria de las mayorías, fomentan la violencia y el crimen, aceleran el deterioro de la naturaleza y adulteran la esperanza cristiana con ofertas religiosas aparentemente entusiastas, pero vacías de motivación evangélica. Son sociedades urgidas de transformaciones profundas.
Creemos que estamos llamados a un servicio mayor en cercanía con los pobres. y. sin consideramos mejores que otros, los jesuitas de la Provincia Centroamericana tenemos un carisma y una espiritualidad ignaciana que ofrecer a los jóvenes como la búsqueda de modelos nuevos de vida en dignidad para nuestros pueblos. Desde sus comienzos, la historia de la Iglesia ha sido bendecida por la sangre de los mártires. Su memoria es fuente de vida y de compromiso. Por ello, aunque a lo largo de los siglos se han introduciendo muchos cambios en la liturgia cristiana, nunca ha faltado en ella la evocación de los mártires.
En la tradición de la Iglesia, mártir quiere decir testigo y desde sus comienzos, se ha referido a la persona que da con su vida testimonio de la verdad ante una sociedad de mentira y la que entrega su vida por amor a los hermanos y hermanas. Por ello, los mártires alumbran la historia de los pueblos y nos dan a los cristianos motivos para seguir creyendo y creciendo en compromiso.
El Señor ha bendecido a la Compañía de Jesús dándole a través de no pocos de sus miembros y a lo largo de su historia el don de participar del ministerio salvífico que encierra el martirio en la Iglesia.
En nuestra Centroamérica que se desgarró por conflictos armados y que se desgarra por la injusticia estructural, muchas comunidades cristianas veneran como mártires a muchos de sus miembros que fueron víctimas mortales de los poderes de este mundo por haber sido testigos de la verdad del Señor y haber luchado por una sociedad más justa. Entre sus nombres se cuentan a varios hermanos jesuitas que con una muerte cruenta pagaron un precio por su fidelidad a los pobres desde nuestro carisma ignaciano que se actualiza en el servicio de la fe y la promoción de la justicia.
Sus vidas siguen alumbrando nuestro compromiso y reavivan nuestra liturgia. Y por ser el más preciado regalo que hemos recibido del Señor. Los mártires son el pozo en donde se nutre nuestra misión y de donde brota el llamado a los jóvenes a vivir la vocación en la Compañía de Jesús.
IV. La aceptación de la Compañía de Jesús
No basta sentirse llamado a ser jesuita. Esa llamada debe ser acogida y reconocida por la Compañía de Jesús. La vocación es una conversación entre tres: Dios, la persona y la Compañía. Dios inicia el diálogo, la persona escucha y responde, y en su respuesta invita a la Compañía a hacerse "testigo" de ese diálogo. Tanto la persona como la Com-pañía buscan "discernir" la voluntad de Dios sobre el que se siente llamado.
En este discernimiento compartido es indispensable que la persona conozca bien la Compañía real, sus miembros y sus obras, sus virtudes y sus defectos. sus opciones apostólicas… Es igualmente esencial que la persona se deje conocer como es, que se manifieste con transparencia, sin ocultar nada. Si verdaderamente buscamos lo que Dios quiere, la persona debe desear y permitir que quienes lo acompañan en su discernimiento le conozcan sus cualidades y limitaciones lo mejor posible.
PODRÁS SER JESUITA
1. Si, reconociéndote pecador, sin embargo te sientes llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio.
2. Si quieres comprometerte bajo el estandarte de la cruz en la lucha crucial de nuestro tiempo: la lucha por la fe y la lucha por la justicia que la misma fe exige.
3. Si quieres ser misionero en el mundo de hoy, donde hay dos tercios de la humanidad a los cuales no ha sido anunciada la Salvación de Dios.
4. Si quieres buscar la liberación total e integral del hombre, que lleva a la participación en la vida del mismo Dios.
5. Si quieres ser un hombre con una misión, dispuesto a marchar a donde seas enviado por tus superiores, por quienes te envía Cristo, el Enviado del Padre.
6. Si quieres contribuir a la tarea de continuar la obra salvadora de Cristo en el mundo, que consiste en reconciliar a los hombres con Dios y entre sí mismos de modo que con el don del amor y la gracia divina puedan construir una paz basada en la justicia.
7. Si quieres comprometerte hasta la muerte con los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, para poder estar totalmente unido con Cristo y participar de su libertad para estar al servicio de cuantos te necesitan.
8.Si quieres pertenecer a una comunidad apostólica esparcida por el mundo para prestar cualquier servicio en la Iglesia, que contribuya a la mayor gloria de Dios y al bien más universal.
9. Si quieres pertenecer a una comunidad de amigos en el Señor que es al mismo tiempo religiosa, apostólica, sacerdotal y ligada al Romano Pontífice por vínculo especial de amor y de servicio.
10.Si quieres entregarte totalmente al servicio de la fe y a la promoción de la justicia, en comunión de vida, trabajo y sacrificio con los compañeros que se han congregado bajo la misma bandera de la cruz, en fidelidad al Vicario de Cristo, para construir un mundo al mismo tiempo más humano y más divino. (Tomado del Decreto 2 de la Congregación 32)









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Great common sense here. Wish I’d thugoht of that.