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Palabra de Provincial


Una Paz celebrada y retante

El pasado 16 de enero, El Salvador celebró los veinte años de aquella histórica firma de los Acuerdos de Paz en el castillo de Chapultepec en México. Histórico evento que puso fin a la guerra civil y fenómeno que, con diversos matices, fue seguido por otros países del área. Instituciones políticas, delegaciones de organismos internacionales, sectores de la sociedad civil y centros universitarios se aprestaron a celebrar gozosos, aunque cautos, el aniversario del final de aquel triste conflicto que dejó 75.000 muertos, cientos de familias desintegradas, dispersas por la migración, la destrucción y un elevado número de desaparecidos.

La reciente visita del Presidente Funes en El Mozote pidiendo perdón en nombre del Estado salvadoreño por los abusos cometidos por el tristemente recordado batallón Atlacatl cuando del 10 al 13 de diciembre de 1981 fueron asesinados cerca de mil civiles, una buena parte de ellos niños, volvió a reabrir las heridas de aquellos tristes días que muchos vivimos en El Salvador. Los familiares de las víctimas, en medio del dolor del recuerdo, sintieron que su dolor tenía un lugar en este aniversario.

Aunque este aniversario ha recordado a buena parte de la población salvadoreña, los avances en el campo de la libre expresión, los derechos humanos y el ejercicio de la democracia, también ha sacado a la luz el endémico problema de la violencia que azota todos nuestros países. De acá y allá en toda el área centroamericana surgen planes y proyectos para controlar los tristes efectos de la violencia urbana, los secuestros, el cobro de las rentas y el poderío impune de las maras. Hay quienes piensan que sólo aplicando la mano dura del control, hasta militar, acabaremos con este nuevo rostro de la guerra en Centroamérica.

Pero a la vez, al interior de la Iglesia, como de no pocos sectores de la sociedad civil crece una honda sospecha hacia esta alternativa. Son muchos los que desconfían que ese camino sea el adecuado, por no afrontar las raíces mismas de la violencia. La paz, – recita con Isaías 32,17, una de las canciones más hermosas compuestas por Néstor Jaén,- es fruto de la justicia. Una paz, en sentido bien amplio, que comienza con la conciencia y llega hasta la relación con la naturaleza.

El hambre, decía Gandhi, es la violencia…Y es que la paz no es simple ausencia de guerras, como varios Pontífices han recordado, sino la consolidación de un orden justo en la convivencia humana. La desigualdad y marginación se han venido a convertir en nuestras sociedades en la verdadera amenaza más profunda contra la paz. Lo que amenaza en verdad la paz es un modelo de sociedad que abierta y crecientemente excluye a buena parte de la población del desarrollo, especialmente la más joven, obligada a ocupar una posición marginal en la sociedad, o a emigrar.

Ahora que recomenzamos con renovadas y frescas ilusiones el trabajo académico, pastoral o social en nuestras obras apostólicas es buen momento para preguntarnos por nuestro aporte en favor de la paz, como uno de los rostros de la justicia y sin duda uno de los retos más importantes para un jesuita en Centroamérica. Al fin,-como decía el propio Gandhi,- no hay un camino para la paz… ella misma es el camino…


Fraterno,

Jesús M. Sariego sj

Provincial

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