Carta Encíclica LAUDATO SI’

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CARTA ENCÍCLICA

LAUDATO SI’

DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN

 

 

1. Laudato si’, mi’ Signore » – « Alabado seas, mi Señor », cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una ma­dre bella que nos acoge entre sus brazos: « Alaba­do seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba ».

2. Esta hermana clama por el daño que le pro­vocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus pro­pietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, he­rido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivien­tes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devasta­da tierra, que « gime y sufre dolores de parto » (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos so­mos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.

     Nada de este mundo nos resulta indiferente

3.     Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear, el santo Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el « mundo católico », pero agregaba « y a todos los hombres de buena vo­luntad ». Ahora, frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este pla­neta. En mi exhortación Evangelii gaudium, escribí a los miembros de la Iglesia en orden a movilizar un proceso de reforma misionera todavía pendiente. En esta encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común.

4.    Ocho años después de Pacem in terris, en 1971, el beato Papa Pablo VI se refirió a la problemáti­ca ecológica, presentándola como una crisis, que es « una consecuencia dramática » de la actividad descontrolada del ser humano: « Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el ser humano] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación ».También habló a la FAO sobre la posibilidad de una « catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civi­lización industrial », subrayando la « urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comporta­ miento de la humanidad », porque « los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técni­cas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre ».3

5.  San Juan Pablo II se ocupó de este tema con un interés cada vez mayor. En su primera encí­clica, advirtió que el ser humano parece « no per­cibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo ».Sucesivamen­te llamó a una conversión ecológica global.Pero al mismo tiempo hizo notar que se pone poco empeño para « salvaguardar las condiciones mo­rales de una auténtica ecología humana ».La des­trucción del ambiente humano es algo muy serio, porque Dios no sólo le encomendó el mundo al ser humano, sino que su propia vida es un don que debe ser protegido de diversas formas de de­gradación. Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en « los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad ».El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y « tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado ».Por lo tanto, la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios.9

6.  Mi predecesor Benedicto XVI renovó la in­vitación a « eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapa­ces de garantizar el respeto del medio ambien­te ».10 Recordó que el mundo no puede ser anali­zado sólo aislando uno de sus aspectos, porque « el libro de la naturaleza es uno e indivisible », e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la fami­lia, las relaciones sociales, etc. Por consiguiente, « la degradación de la naturaleza está estrecha­mente unida a la cultura que modela la conviven­cia humana ».11 El Papa Benedicto nos propuso reconocer que el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. Se olvida que « el hombre no es solamente una li­bertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero tam­bién naturaleza ».12 Con paternal preocupación, nos invitó a tomar conciencia de que la creación se ve perjudicada « donde nosotros mismos so­mos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consu­mo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos ».13

Unidos por una misma preocupación

7.  Estos aportes de los Papas recogen la re­flexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales que enrique­cieron el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones. Pero no podemos ignorar que, tam­bién fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocu­pación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena. 

8. El Patriarca Bartolomé se ha referido par­ticularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, « en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos », esta­mos llamados a reconocer « nuestra contribu­ción – pequeña o grande – a la desfiguración y destrucción de la creación ».14 Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una mane­ra firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: « Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados ».15 Porque « un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios ».16

9.  Al mismo tiempo, Bartolomé llamó la aten­ción sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encon­trar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que « significa aprender a dar, y no simplemente renunciar. Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia ».17 Los cristianos, además, estamos llamados a « aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta ».18

San Francisco de Asís

10. No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por ex­celencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturale­za y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compro­miso con la sociedad y la paz interior.

      Para leer el texto completo: LaudatoSi

——

Cántico de las criaturasFonti Francescane (FF) 263.

2 Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 21: AAS 63 (1971), 416-417.5

Discurso a la FAO en su 25 aniversario (16 noviembre 1970): AAS 62 (1970), 833.

4 Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 15: AAS 71 (1979), 287.

5 Cf. Catequesis (17 enero 2001), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2001), p. 12.

6 Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 38: AAS 83 (1991), 841.6

Ibíd., 58, p. 863.

8 Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciem­bre 1987), 34: AAS 80 (1988), 559.

9 Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

10 Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (8 enero 2007): AAS 99 (2007), 73.

11 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.7

12 Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín (22 septiembre 2011): AAS 103 (2011)664.

13 Discurso al clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone (6 agos­to 2008): AAS 100 (2008), 634.8

14 Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012).

15 Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997); cf. John Chryssavgis, On Earth as in Heaven: Ecological Vision and Initiatives of Ecumenical Patriarch Bartholomew, Bronx, New York 2012.

16 Ibíd.9

17 Conferencia en el Monasterio de Utstein, Noruega (23 junio 2003).

18 Discurso « Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks », I Vértice de Halki, Estambul (20 junio 2012).

 


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CARTA ENCÍCLICA

LAUDATO SI’

DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN



1. Laudato si’, mi’ Signore » – « Alabado seas, mi Señor », cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una ma­dre bella que nos acoge entre sus brazos: « Alaba­do seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba ».

2. Esta hermana clama por el daño que le pro­vocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus pro­pietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, he­rido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivien­tes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devasta­da tierra, que « gime y sufre dolores de parto » (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos so­mos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.

     Nada de este mundo nos resulta indiferente

3.     Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear, el santo Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el « mundo católico », pero agregaba « y a todos los hombres de buena vo­luntad ». Ahora, frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este pla­neta. En mi exhortación Evangelii gaudium, escribí a los miembros de la Iglesia en orden a movilizar un proceso de reforma misionera todavía pendiente. En esta encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común.

4.    Ocho años después de Pacem in terris, en 1971, el beato Papa Pablo VI se refirió a la problemáti­ca ecológica, presentándola como una crisis, que es « una consecuencia dramática » de la actividad descontrolada del ser humano: « Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el ser humano] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación ».También habló a la FAO sobre la posibilidad de una « catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civi­lización industrial », subrayando la « urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comporta­ miento de la humanidad », porque « los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técni­cas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre ».3

5.  San Juan Pablo II se ocupó de este tema con un interés cada vez mayor. En su primera encí­clica, advirtió que el ser humano parece « no per­cibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo ».Sucesivamen­te llamó a una conversión ecológica global.Pero al mismo tiempo hizo notar que se pone poco empeño para « salvaguardar las condiciones mo­rales de una auténtica ecología humana ».La des­trucción del ambiente humano es algo muy serio, porque Dios no sólo le encomendó el mundo al ser humano, sino que su propia vida es un don que debe ser protegido de diversas formas de de­gradación. Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en « los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad ».El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y « tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado ».Por lo tanto, la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios.9

6.  Mi predecesor Benedicto XVI renovó la in­vitación a « eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapa­ces de garantizar el respeto del medio ambien­te ».10 Recordó que el mundo no puede ser anali­zado sólo aislando uno de sus aspectos, porque « el libro de la naturaleza es uno e indivisible », e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la fami­lia, las relaciones sociales, etc. Por consiguiente, « la degradación de la naturaleza está estrecha­mente unida a la cultura que modela la conviven­cia humana ».11 El Papa Benedicto nos propuso reconocer que el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. Se olvida que « el hombre no es solamente una li­bertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero tam­bién naturaleza ».12 Con paternal preocupación, nos invitó a tomar conciencia de que la creación se ve perjudicada « donde nosotros mismos so­mos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consu­mo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos ».13

Unidos por una misma preocupación

7.  Estos aportes de los Papas recogen la re­flexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales que enrique­cieron el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones. Pero no podemos ignorar que, tam­bién fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocu­pación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena. 

8. El Patriarca Bartolomé se ha referido par­ticularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, « en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos », esta­mos llamados a reconocer « nuestra contribu­ción – pequeña o grande – a la desfiguración y destrucción de la creación ».14 Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una mane­ra firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: « Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados ».15 Porque « un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios ».16

9.  Al mismo tiempo, Bartolomé llamó la aten­ción sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encon­trar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que « significa aprender a dar, y no simplemente renunciar. Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia ».17 Los cristianos, además, estamos llamados a « aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta ».18

San Francisco de Asís

10. No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por ex­celencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturale­za y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compro­miso con la sociedad y la paz interior.

      Para leer el texto completo: LaudatoSi

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Cántico de las criaturasFonti Francescane (FF) 263.

Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 21: AAS 63 (1971), 416-417.5

Discurso a la FAO en su 25 aniversario (16 noviembre 1970): AAS 62 (1970), 833.

Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 15: AAS 71 (1979), 287.

Cf. Catequesis (17 enero 2001), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2001), p. 12.

Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 38: AAS 83 (1991), 841.6

Ibíd., 58, p. 863.

Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciem­bre 1987), 34: AAS 80 (1988), 559.

Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

10 Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (8 enero 2007): AAS 99 (2007), 73.

11 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.7

12 Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín (22 septiembre 2011): AAS 103 (2011)664.

13 Discurso al clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone (6 agos­to 2008): AAS 100 (2008), 634.8

14 Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012).

15 Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997); cf. John ChryssavgisOn Earth as in Heaven: Ecological Vision and Initiatives of Ecumenical Patriarch Bartholomew, Bronx, New York 2012.

16 Ibíd.9

17 Conferencia en el Monasterio de Utstein, Noruega (23 junio 2003).

18 Discurso « Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks », I Vértice de Halki, Estambul (20 junio 2012).

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LAUDATO SI’

DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN



1. Laudato si’, mi’ Signore » – « Alabado seas, mi Señor », cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una ma­dre bella que nos acoge entre sus brazos: « Alaba­do seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba ».

2. Esta hermana clama por el daño que le pro­vocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus pro­pietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, he­rido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivien­tes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devasta­da tierra, que « gime y sufre dolores de parto » (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos so­mos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.

     Nada de este mundo nos resulta indiferente

3.     Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear, el santo Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el « mundo católico », pero agregaba « y a todos los hombres de buena vo­luntad ». Ahora, frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este pla­neta. En mi exhortación Evangelii gaudium, escribí a los miembros de la Iglesia en orden a movilizar un proceso de reforma misionera todavía pendiente. En esta encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común.

4.    Ocho años después de Pacem in terris, en 1971, el beato Papa Pablo VI se refirió a la problemáti­ca ecológica, presentándola como una crisis, que es « una consecuencia dramática » de la actividad descontrolada del ser humano: « Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el ser humano] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación ».También habló a la FAO sobre la posibilidad de una « catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civi­lización industrial », subrayando la « urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comporta­ miento de la humanidad », porque « los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técni­cas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre ».3

5.  San Juan Pablo II se ocupó de este tema con un interés cada vez mayor. En su primera encí­clica, advirtió que el ser humano parece « no per­cibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo ».Sucesivamen­te llamó a una conversión ecológica global.Pero al mismo tiempo hizo notar que se pone poco empeño para « salvaguardar las condiciones mo­rales de una auténtica ecología humana ».La des­trucción del ambiente humano es algo muy serio, porque Dios no sólo le encomendó el mundo al ser humano, sino que su propia vida es un don que debe ser protegido de diversas formas de de­gradación. Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en « los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad ».El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y « tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado ».Por lo tanto, la capacidad de transformar la realidad que tiene el ser humano debe desarrollarse sobre la base de la donación originaria de las cosas por parte de Dios.9

6.  Mi predecesor Benedicto XVI renovó la in­vitación a « eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapa­ces de garantizar el respeto del medio ambien­te ».10 Recordó que el mundo no puede ser anali­zado sólo aislando uno de sus aspectos, porque « el libro de la naturaleza es uno e indivisible », e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la fami­lia, las relaciones sociales, etc. Por consiguiente, « la degradación de la naturaleza está estrecha­mente unida a la cultura que modela la conviven­cia humana ».11 El Papa Benedicto nos propuso reconocer que el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. Se olvida que « el hombre no es solamente una li­bertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero tam­bién naturaleza ».12 Con paternal preocupación, nos invitó a tomar conciencia de que la creación se ve perjudicada « donde nosotros mismos so­mos las últimas instancias, donde el conjunto es simplemente una propiedad nuestra y el consu­mo es sólo para nosotros mismos. El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que sólo nos vemos a nosotros mismos ».13

Unidos por una misma preocupación

7.  Estos aportes de los Papas recogen la re­flexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales que enrique­cieron el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones. Pero no podemos ignorar que, tam­bién fuera de la Iglesia Católica, otras Iglesias y Comunidades cristianas –como también otras religiones– han desarrollado una amplia preocu­pación y una valiosa reflexión sobre estos temas que nos preocupan a todos. Para poner sólo un ejemplo destacable, quiero recoger brevemente parte del aporte del querido Patriarca Ecuménico Bartolomé, con el que compartimos la esperanza de la comunión eclesial plena. 

8. El Patriarca Bartolomé se ha referido par­ticularmente a la necesidad de que cada uno se arrepienta de sus propias maneras de dañar el planeta, porque, « en la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos », esta­mos llamados a reconocer « nuestra contribu­ción – pequeña o grande – a la desfiguración y destrucción de la creación ».14 Sobre este punto él se ha expresado repetidamente de una mane­ra firme y estimulante, invitándonos a reconocer los pecados contra la creación: « Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados ».15 Porque « un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios ».16

9.  Al mismo tiempo, Bartolomé llamó la aten­ción sobre las raíces éticas y espirituales de los problemas ambientales, que nos invitan a encon­trar soluciones no sólo en la técnica sino en un cambio del ser humano, porque de otro modo afrontaríamos sólo los síntomas. Nos propuso pasar del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, en una ascesis que « significa aprender a dar, y no simplemente renunciar. Es un modo de amar, de pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que necesita el mundo de Dios. Es liberación del miedo, de la avidez, de la dependencia ».17 Los cristianos, además, estamos llamados a « aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global. Es nuestra humilde convicción que lo divino y lo humano se encuentran en el más pequeño detalle contenido en los vestidos sin costuras de la creación de Dios, hasta en el último grano de polvo de nuestro planeta ».18

San Francisco de Asís

10. No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por ex­celencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturale­za y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compro­miso con la sociedad y la paz interior.

      Para leer el texto completo: LaudatoSi

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Cántico de las criaturasFonti Francescane (FF) 263.

Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 21: AAS 63 (1971), 416-417.5

Discurso a la FAO en su 25 aniversario (16 noviembre 1970): AAS 62 (1970), 833.

Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 15: AAS 71 (1979), 287.

Cf. Catequesis (17 enero 2001), 4: L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (19 enero 2001), p. 12.

Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 38: AAS 83 (1991), 841.6

Ibíd., 58, p. 863.

Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciem­bre 1987), 34: AAS 80 (1988), 559.

Cf. Id., Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

10 Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (8 enero 2007): AAS 99 (2007), 73.

11 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.7

12 Discurso al Deutscher Bundestag, Berlín (22 septiembre 2011): AAS 103 (2011)664.

13 Discurso al clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone (6 agos­to 2008): AAS 100 (2008), 634.8

14 Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012).

15 Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997); cf. John ChryssavgisOn Earth as in Heaven: Ecological Vision and Initiatives of Ecumenical Patriarch Bartholomew, Bronx, New York 2012.

16 Ibíd.9

17 Conferencia en el Monasterio de Utstein, Noruega (23 junio 2003).

18 Discurso « Global Responsibility and Ecological Sustainability: Closing Remarks », I Vértice de Halki, Estambul (20 junio 2012).

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