San Francisco Javier

Print Friendly

San Francisco Javier

 

(Fiesta: 03/12)

San José Pignatelli

(Fiesta:14/11)

 

Francisco Javier (Francisco de Jassu y Javier, 1506-1552), fue el primer misionero jesuita y el prototipo que sirvió de inspiración para que muchos entraran en la Compañía de Jesús y evangelizaran naciones lejanas. Formaba parte del grupo de siete hombres que fundó la Compañía y fue enviado a la India antes de que la nueva orden religiosa fuera oficialmente aprobada por la Iglesia.  

 

Javier había nacido en el pequeño castillo familiar de Navarra, en el norte de España, y allí aprendió las primeras letras. El mes de septiembre de 1525 fue a París para comenzar sus estudios universitarios en el Colegio de Santa Bárbara. Allí tuvo como compañero de habitación a Pedro Fabro (Pierre Favre) de la región francesa de Savoya. Cuatro años más tarde todo cambiaría, con la llegada de un estudiante mayor que ellos, Ignacio de Loyola (Iñigo López de Loyola), un fracasado cortesano vasco que ahora se dedicaba a la oración. Loyola despertó pronto en Fabro el deseo de ser sacerdote y de trabajar por la salvación de las almas, pero Javier tenía aspiraciones de hacer carrera en el mundo y no sentía ningún interés por ser sacerdote. Obtuvo el título de licenciado durante la primavera de 1530 y comenzó a enseñar Aristóteles en el colegio de Dormans-Beauvais; siguió compartiendo habitación con Fabro y Loyola. Aprovechando la ausencia de Fabro, que había ido a visitar a su familia en 1533, Ignacio logró penetrar en el alma de Javier, que acabó cediendo a la gracia que Dios le estaba ofreciendo. Hubo otros cuatro estudiantes que acabaron siendo grandes amigos tras haber mantenido largas conversaciones con Ignacio, guía espiritual de aquel grupo, al que contagió pronto el deseo de ir a Tierra Santa. Javier, junto con sus compañeros, acudió a la capilla de Saint-Denis en Montmartre el 15 de agosto de 1534, y junto con ellos hizo voto privado de pobreza, de castidad y de ir a Tierra Santa a convertir infieles.

 

Javier y Loyola comenzaron a estudiar teología en 1534. Dos años más tarde partía Javier hacia Venecia con el resto del grupo, menos Loyola, que les había dejado poco antes para visitar a los suyos en España. Venecia era el puerto de donde partían las naves para Tierra Santa. Los compañeros pasaron dos meses esperando a que hubiera una nave disponible mientras trabajaban en hospitales, y por fin se dirigieron a Roma a pedir al Papa permiso para su peregrinaje y para que pudieran ser ordenados los que aún no eran sacerdotes. Javier, Loyola y otros cuatro recibieron la ordenación de manos del legado papal en la capilla privada de éste, el 24 de junio de 1537. Siguieron esperando una nave, pero a causa de la amenaza de guerra entre Venecia y los turcos, no zarpó ninguna en todo un año, cosa que rara vez ocurría. En vista de eso decidieron que Ignacio fuera a Roma y pusiera el grupo a disposición del papa. Entre tanto ellos comenzarían a predicar en varios centros universitarios. Javier y Nicolás de Bobadilla fueron a Bolonia.

 

 Javier llegó a Roma en abril de 1538 y comenzó a predicar en la iglesia de San Luis de los franceses. Tomó parte en las famosas deliberaciones de Cuaresma de 1539, en las que los compañeros decidieron formar una nueva orden religiosa. El papa Pablo III, antes de dar su aprobación al plan, rogó a Ignacio que accediera a la súplica del rey Juan III de Portugal, que pedía el envío de dos de los compañeros a la nueva colonia de la India. Ignacio eligió a Simón Rodríguez y a Nicolás de Bobadilla, pero éste último se puso enfermo y no pudo ir. Como Francisco Javier era el único de los compañeros que aún no estaba comprometido con ningún trabajo, fue a él a quien Ignacio pidió que marchara, aunque eran íntimos amigos y el viaje suponía que no se volverían a ver.

Javier y Rodríguez dejaron Roma el 15 de marzo de 1540 y llegaron a Lisboa a fines de junio. La flota había zarpado ya, de modo que los dos sacerdotes tuvieron que quedarse en Lisboa hasta la primavera siguiente. Se dedicaron a predicar y a asistir a los presos. Al rey le entusiasmó tanto su trabajo que pidió que uno de ellos se quedase y diese comienzo a un colegio. El elegido fue Rodríguez, haciendo así que Javier partiese como primer jesuita misionero. Cuando Javier se estaba embarcando en la nave Santiago, un mensajero real le entregó una carta en la que el papa le nombraba nuncio apostólico, lo cual le daba autoridad sobre todo el clero de Goa. La nave se dio a la mar el 7 de abril de 1541, el mismo día en que Javier cumplía 35 años.

 

El viaje hasta Goa le costó a Javier 13 meses, e incluyó una larga estancia en Mozambique a la espera de vientos favorables. En cuanto llegó, comenzó a predicar a los portugueses, visitando las cárceles y sirviendo a los leprosos. Hizo un intento de aprender la lengua Tamil, pero en su primera misión entre los Paravas, pescadores de perlas de la cosa sudoriental de la India, al norte del cabo Comorín, acabó teniendo que apoyarse en intérpretes. Los habitantes del lugar eran conversos al cristianismo, pero no tenían sacerdotes, de modo que Javier tuvo que volver a instruirles en la fe, bautizar a los que estaban preparados, y preparar catequistas para que se quedaran con ellos mientras él pasaba de un poblado a otro.

Hacia fines de 1544 alcanzó la costa occidental de la India en Travancore; entre noviembre y diciembre de aquel año se tienen noticias de que bautizó 10.000 personas. Siguiendo hacia el norte llegó a Cochín, y luego navegó hasta la ciudad portuguesa de Malaca en Malasia, desde donde se dirigió hacia el que era su objetivo, las Molucas o islas de las especias, a donde llegó el 14 de febrero de 1546. Hizo una visita a los poblados cristianos y bautizó más de 1.000 personas en Serán, lufar de las cercanías. Emprendió luego una expedición de reconocimiento a las islas de Ternate y del Moro, conocidas por sus cazadores de cabezas. Volvió a Malaca en julio de 1547 y tomó medidas para que otros dos jesuitas ocuparan su puesto.


Al volver Javier a Malaca un noble japonés, de nombre Ajiro, que estaba interesado en hacerse cristiano, le habló de Japón. Saber que había una nación culturalmente avanzada que no había oído hablar de Cristo se apoderó de los pensamientos del jesuita español. Pero antes de poder ocuparse del Japón tuvo que volver a Goa para atender a sus obligaciones como superior de la misión y asignar tareas y encargos a los jesuitas recién llegados. No pudo embarcarse para el Japón con Ajiro y otros jesuitas hasta abril de 1549. El grupo arribó de nuevo a Malaca con facilidad, pero no encontró un capitán de navío que estuviera dispuesto a arriesgarse a surcar aguas desconocidas. Javier, pues, contrató a un pirata para que los llevase. Partieron en junio de 1549 y arribaron el 15 de agosto a Kangoshima, al sur del Japón, de donde era Ajiro.
La misión comenzó sin obstáculos. El príncipe del lugar dio permiso a los forasteros para predicar el cristianismo, aunque él se excluía de aceptar la conversión. Javier se fue convenciendo de que la manera de traer al Japónal cristianismo era comenzar por el emperador, pero no lograba que nadie le ayudara a llegar hasta la Ciudad Imperial, Miyako (el actual Tokio). Pasaron un año en Kagoshima, donde lograron sólo 100 conversiones, así que se trasladaron a Hirado, puerto de la costa del norte de Kyusu, frecuentado por los portugueses. Se hicieron cristianos otros 100 japoneses, pero Javier seguía interesado en ver al emperador, de modo que se trasladó a la segunda ciudad más grande del Japón, Yamaguchi. Se puso a predicar en las calles, pero su entrevista con el daimyo no tuvo ningún éxito, así que abandonó la ciudad en 1550, yéndose a Sakai.

 

Quiso la fortuna que por fin encontrara un príncipe dispuesto a llevarlos a la Ciudad Imperial. Javier y el hermano Juan Fernández, contratados como criados domésticos, llegaron allí en enero de 1551. Eran los primeros misioneros católicos que veían la mayor y más bella ciudad del Asia. Pasaron once días intentando sin éxito que el emperador les recibiera en audiencia, así que decidieron colverse a Hirado. Pero no mucno después retornaban sobre sus pasos, convencidos de que el hombre más poderoso de Japón no era el emperador, sino el daimyo de Yamaguchi, al que no habían sido capaces de convencer la primera vez que se entrevistaron con él. Javier decidió hacer una nueva tentativa, y presentarse no como un europeo pobremente vestido, sino como alguien digno de la atención del daimiyo.

 

Alquilaron caballos para los dos y una litera, y se vistieron con trajes de sedas multicolores. Al llegar con toda pompa a Yamaguchi fueron recibidos en el palacio del daimyo, que no sospechaba que estos fueran los mismos bárbaros a los que habían expulsado sin miramientos hacía sólo pocos meses. Javier hizo al daimyo caros regalos en forma de relojes, cajas de música, espejos, cristal, tejidos y vino, como signo de amistad; y mostró cartas credenciales que le impresionaron: cartas del rey Juan III de Portugal y del Papa Pablo III. El daimyo accedió a la petición de los jesuitas de predicar la religión cristiana en el imperio, y dio libertad a la población para que se hiciesen cristianos si lo deseaban. A los jesuitas les concedió una residencia en la ciudad, y muchos venían a visitarles. En seis meses habían hecho ya 500 conversiones.

Cuando Javier pensó que era tiempo de dejar Japón se trajo al hermano Cosme de Torres a Yamaguchi para que ocupase su puesto, y así poder volverse a la India. Partió en septiembre de 1551 y logró un barco que iba a Malaca. Esperaba poder volver a Japón al año siguiente, pero el barco fue presa de un tifón que lo desvió de su ruta unas mil millas. El 17 de diciembre la nave entraba en el puerto de Cantón y echaba anclas ante la isla de Sancian. Cuando Javier miró aquella China tan cercana, sintió que aquel continente le llamaba. Los dos jesuitas pudieron subir a un barco que se dirigía a Singapoore, a donde llegaron a fines de aquel mes. Allí encontró Javier una carta de Ignacio que le nombraba provincial de “las Indias y países más allá de ellas”.

 

En enero de 1552 estaba de vuelta en la India, donde encontró otra carta que le pedía que volviese a Roma para informar de la misión; Él juzgó que tal visita podía esperar hasta tanto no hubiera estado primero en China. Javier dejó la India en abril de 1552, y llegó a la bahía de Cantón en septiembre. Desembarcó en la isla de Sancian, que era a la vez un refugio de contrabandistas chinos y una base para los mercaderes portugueses. No hubo ninguno de los contrabandistas que quisiera arriesgarse a trasportar a aquel jesuita hasta China; uno que se ofreció se llevó el dinero de Javier y desapareció. El 21 de noviembre cayó con fiebre y no fue capaz de dejar su choza en la playa de la isla. Siete días después caía en coma, aunque el 1 de diciembre recuperó la conciencia y se entregó a la oración durante las horas de vigilia. Falleció la mañana del 3 de diciembre y fue enterrado en la isla, pero sus restos fueron llevados más tarde a Malaca y desde allí a Goa, donde recibieron sepultura en la iglesia del Bom Jesus. Fue canonizado en 1622. El año 1910 era nombrado patrón de la propagación de la fe y en 1927 patrono de las misiones.


Originalmente compilado y editado por: Tom Rochford, SJ
Traducción: Luis López-Yarto, SJ

http://www.sjweb.info/saintsBio.cfm?SaintID=338

Dibujo Ignasi Flores

PDF24    Enviar artículo en formato PDF