P. Miguel Elizondo, SJ

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El P. Miguel Elizondo Espelosín, S.J. uno de los fundadores espirituales de Provincia de Centroamérica,  nació en Navarra (España) el 15 de abril de 1912.Ordenado sacerdote y terminada su formación, fue ayudante del P. Francisco Ibiricu, maestro de novicios en Loyola.

En 1949 fue destinado a Centroamérica como maestro de novicios y, acompañado del primer grupo de novicios, fundó el Noviciado en Santa Tecla, El Salvador. En este grupo estaban Fabián Zarrabe, Domingo Pérez, Ignacio Ellacuría (+), Luis Gutiérrez, Moisés Madrid, Jaime Vera, y tal vez algún otro que se escapa.

Fue nombrado Viceprovincial primero en 1956, siendo dependiente la Viceprovincia de Centroamérica de la de Castilla Occidental, y luego en 1958, siendo ya Viceprovincia independiente. Enseguida comenzó con el proyecto de las Universidades. Fue electo para asistir a la 30ª Congregación General de 1957. En 1960 dejó el cargo a causa de un tumor canceroso, del que fue operado exitosamente.

Posteriormente fue destinado a Argentina como maestro de novicios. Asistió como elector a la 31ª Congregación General que eligió al P. Arrupe, en 1965-66. A la vuelta de esa Congregación comunicó su entusiasmo porque en un decreto, que él consideraba el más importante, se había afirmado la posibilidad de cambiar lo que fuera necesario para el bien de la misión de la Compañía, incluso aquellas cosas antes consideradas en la Compañía como intocables. ―Esto es lo que hará posible que adaptemos la Compañía a los cambios del mundo, dijo.

En 1968 fue destinado a Medellín, Colombia, como Instructor de Tercera Probación, ubicando el terceronado en un barrio muy pobre de los cerros de la ciudad. Los PP. Fernando Cardenal y Fernando Bandeira (+) por ejemplo, fueron tercerones con él.

No sólo sobrevivió al cáncer sino también a un accidente de aviación, corriendo por el aeropuerto para escapar del avión partido, al que vio incendiarse y matar a no pocos pasajeros y tripulantes.

En 1969, junto con el P. Ellacuría, dirigió los Ejercicios de Provincia en el seminario de San José, de San Salvador. Más tarde fue destinado a Puente Grande, Guadalajara, México, también como Instructor, permaneciendo en ese cargo hasta 1995 –tenía 83 años- y asesorando al nuevo Instructor, P. Ramón Mijares, hasta junio de 2005. Todos los años, además, terminando la tercera probación iba a Panamá y España a dar Ejercicios a laicos ignacianos y a religiosas, hasta que enfermó gravemente y se retiró a la enfermería del Colegio de Pamplona. Cuando llegaron sus compañeros jesuitas a acompañarle en sus últimas horas, le preguntaron si quería algo en especial. ―Que todos ustedes pasen por mi cama y me den un beso‖, contestó. Y así murió. Esta última voluntad revela cuánto había permitido que el Señor lo cambiara, desde una persona dura y poco comunicativa hasta otra persona tierna y profundamente abierta.

Escribo esto por gratitud personal. Cuando pasó por Loyola el 8 de diciembre de 1957, empezando yo mi primer año de filosofía, le pedí que tratara de que mi provincial me destinara a Centroamérica. Me lo prometió y lo cumplió, pues el 13 de diciembre el P. Francisco Javier Baeza me destinó a la Viceprovincia de Centroamérica, en la que quedé adscrito un año más tarde.

Juan Hernández Pico, S.J.

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